Salió el sol en París y con él brilló el semblante de un jugador dispuesto a seguir reescribiendo la historia en esta insólita edición de Roland Garros. Rafael Nadal buscará el domingo su decimotercer título después de imponerse a Diego Schwartzman por 6-3, 6-3 y 7-6 (0), en un partido donde demostró que está listo para intentar prolongar su reinado e igualar los 20 títulos del Grand Slam de Roger Federer. La cita reclamaba un paso más ante un adversario que venía como un tiro. Nadal lo dio y sumó su victoria número 99 en esta competición. La final, frente al vencedor del encuentro entre Novak Djokovic y Stefanos Tsitisipas, ofrece además el complemento de una cifra redonda, que sería otra plasmación de su excepcional obra en estas pistas desde hace tres lustros. 

El primer juego fue una declaración de intenciones del aspirante. Lo ganó Nadal con un revés cruzado, después de 13 minutos y dos pelotas de breakadversas. El combate se barruntaba de aúpa. En su primera semifinal de un grande, Schwartzman, con los colores de su adorado Boca Juniors hasta en las zapatillas, aplicaba criterio y no dudaba en tomar la iniciativa a poco que se le presentaba la ocasión. Disparaba el argentino; se protegía el zurdo. Pero el bonaerense tenía un problema con el servicio, que no logró sostener en los dos primeros juegos. Cuando jugaba con segundos, perdía mucha pista, quedaba a merced de Nadal, que empezaba a obtener réditos con el drive. Nadal cambiaba bien las alturas, no dudaba en tirar bolas huecas con las que desajustar los movimientos de su adversario.

La semifinal venía presentada con buenos condimentos. El hombre que había derrotado en Roma al 12 veces campeón de Roland Garros le desafíaba de nuevo en su plaza sagrada, y lo hacía con el crédito ampliado de liquidar en cuartos a Dominic Thiem, finalista del torneo en las dos últimas ediciones y reciente ganador del Abierto de Estados Unidos. El ardor mostrado en las cinco horas y ocho minutos de confrontación con Thiem relanzaba las opciones de Schwartzman, poco dado a amilanarse, siempre y cuando no pagase factura física.

UNA MARCHA MÁS

A diferencia del partido en el Foro Itálico, esta vez Nadal sacó mejor, contó con el auxilio del servicio en situaciones comprometidas. El revés cruzado, por el que suspiraba en días anteriores, le llevó a la segunda pelota de set, pero necesitó una más, hasta que encontró colaboración con un revés del contrario a la red. Nadal, no obstante, tuvo un punto más de riesgo y pericia cuando lo precisó. Ahí también señaló estatus en un primer parcial ajustado, que se fue por encima de la hora.

Schwartzman, que el lunes se estrenará en el top ten, saltando al número ocho del ránking, es un tenista bastante estable, que acepta bien las situaciones. Trató de mantenerse en un partido donde Nadal elevó su tono, tal y como demandaba la semifinal. Si hasta ahora le había bastado con un versión discreta, sin enemigos contrastados en el camino, llegaba el momento de meter una marcha más y, como es costumbre, lo hizo.

Nadal golpea un revés ante Schwartzman.
Nadal golpea un revés ante Schwartzman.CHRISTIAN HARTMANNREUTERS

No es casual que en 16 participaciones en el torneo sólo haya sufrido dos derrotas. A los 34 años, y en unas condiciones distintas a cualquier otra, aún mantiene una autoridad muy difícil de cuestionar. Schwartzman le obligó como ningún otro tenista en este torneo y él replicó en consecuencia. Campeón en Acapulco a principios de año y cuartofinalista en el Abierto de Australia, el defensor de la copa apareció en la capital francesa sin apenas rodaje, una vez que renunció a disputar el Abierto de Estados Unidos. El déficit, bastante común entre los tenistas, podía agudizarse en un hombre que necesita kilómetros para entrar en combustión.

El bonaerense seguía ahí, sin bajar los brazos aun con una rotura a la espalda en el segundo set. Se ganó la loa de los escasos aficionados con un passing shot paralelo de derecha en carrera que hubiera rubricado su adversario. Nada mermaba su encomiable espíritu, aunque sus aspiraciones empezaban a verse muy reducidas según podía contemplarse al número dos del mundo interpretar su mejor repertorio.

Schwartzman pidió una prórroga cuando el asunto se tornaba delicadísimo para él. Salvó tres amenazas de rotura en el octavo juego del segundo parcial, que le hubieran dejado 5-2 abajo al resto. Estaba claro que por él no iba a quedar, pero el cerco se le fue estrechando sin remedio. Perdió poco después el set y se encontró con una temprana desventaja en el tercero. La revertió, volvió por dos veces de sendos breaks y creó tres pelotas para situarse con 6-5 y servicio. Ahí surgió el mejor Nadal, con tres respuestas de máxima precisión. No quería desgastarse ni un minuto más de lo necesario, sabedor de que en la final necesitará todas sus reservas y dar otro salto de calidad. En el desempate, se agotó lo mucho que hubo de Diego.

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